Aunque Caral no tuvo un “descubridor” puntual, diversos arqueólogos extranjeros que visitaron el valle de Supe entre 1900 y 1979 registraron la presencia de grandes montículos, interpretándolos como construcciones tardías asociadas a culturas preincas como Chimú o Chancay.
El cambio decisivo llegó cuando la arqueóloga peruana Ruth Shady Solís, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, inició en 1994 un estudio sistemático del valle. Sus excavaciones revelaron una ciudad altamente desarrollada sin cerámica, lo que marcaba una antigüedad mucho mayor de lo que se había creído.
En 1996, Shady envió muestras orgánicas —carrizos quemados, fibras vegetales y restos de fogones— al Laboratorio de Radiocarbono de la Universidad de California en Riverside. Entre 1996 y 2001, los análisis de carbono 14 determinaron que Caral tenía entre 4,600 y 5,000 años.
Este hallazgo colocó a Caral al nivel de las primeras ciudades del mundo, modificando profundamente la comprensión del origen de las civilizaciones en América.
El impacto internacional de estos descubrimientos impulsó un proyecto de investigación a largo plazo que llevó a identificar pirámides, plazas y asentamientos vecinos. Se confirmó que Caral formaba parte de una red de al menos 25 asentamientos distribuidos por todo el valle de Supe.
En 2009, la UNESCO declaró a la Ciudad Sagrada de Caral como Patrimonio Cultural de la Humanidad, reconociendo su importancia universal excepcional.
Algunas teorías iniciales sugerían que Caral era solo un conjunto de templos usados para ceremonias ocasionales. Sin embargo, las investigaciones de Ruth Shady demostraron la existencia de áreas urbanas, residenciales y espacios públicos perfectamente definidos.
Estas evidencias confirman que Caral estuvo compuesta por grandes ciudades ubicadas a ambos lados del río Supe, mostrando una sociedad organizada, pacífica y sorprendentemente avanzada para su tiempo.